miércoles, noviembre 12, 2008

Quinielas fallidas (sobre la prensa y Fernando Gómez Mont)

Diego Fernández de Cevallos, Diódoro Carrasco Altamirano y Josefina Vázquez Mota, son sólo tres de las decenas de nombres que se publicaron en los últimos días como parte de las fallidas quinielas sobre la persona que ocuparía el lugar de Juan Camilo Mouriño en la Secretaría de Gobernación. El fracaso de todas las listas, así como la abundancia de candidatos imaginarios, resultan reveladores de la manera en que se entiende y realiza una parte del periodismo en el país.

Ejercicio que pasa, por un lado, por el campo de las especulaciones. Formados en la escuela de la política priísta, una parte de los opinadores profesionales se dedican a buscar pistas para anticipar los movimientos de los gobernantes. Con esa consigna, miran guiños y símbolos para tratar de adivinar. Por el otro, en aras de adelantarse a los anuncios oficiales se recurre a las filtraciones y versiones difundidas de la propia clase política que en sus juegos de poder se convierte en la principal fuente de alimentación para las columnas que sirven como correo político.

Lo cierto es que con la designación de Fernando Gómez Mont como Secretario de Gobernación quedó en claro que esas apuestas y sus métodos,fracasaron. La historia podría quedar como una anécdota, como una lección de humildad para los especuladores o de escepticismo para los lectores que han visto que no pueden creer todo lo que se publica. Pero también puede y debe servir para mostrar cómo ese esquema en realidad poco aporta a la comprensión de los fenómenos políticos.

Y para entender mejor estos procesos vale la pena destacar que el caso mexicano no es el único en el que se ven estos aceleres de la prensa. Apenas esta misma semana, los lectores del diario estadounidense The Washington Post leían algo al respecto al conocer las declaraciones de una integrante del equipo de transición del presidente electo Barack Obama, quien se preguntaba de dónde sacaban los medios tantos nombre sobre el futuro gabinete. Ninguna de las listas publicadas - decía esta asesora - proviene del equipo que acompaña a Obama. Eran todos, inventos de la prensa política.

La pregunta entonces es de dónde y porqué surge esta conducta. Sin duda, de los actores políticos que aprovechan estas coyunturas para promover a otros o a sí mismos, incluso para eliminar las posibilidades de sus adversarios al hacerlos demasiado visibles. También, en ocasiones provienen de los propios encargados de la toma de decisiones que emplean a los medios como pasarela para poner a prueba a periodistas y opinión pública ante posibles designaciones.

Pero ésto no se podría entender sin la participación voluntaria y entusiasta de los medios de comunicación. Enganchados en la dinámica de ganar la noticia antes que nadie, abren sus páginas a las versiones no confirmadas en un juego que si bien podría pagarles cierta rentabilidad al poder decir, “nosotros lo anunciamos antes que nadie”, en los hechos los lleva a debilitar su credibilidad ante los lectores que bien pueden confirmar, visto el resultado, que sus periodistas no tenían la menor idea de lo que iba a pasar. La realidad, como confirmamos con el caso Gómez Mont, es que la toma decisiones en casos así pasa por un puñado de personas, cuando no por una sola voluntad, que en realidad es la única que sabe con claridad qué persona y perfil requiere para esa posición.

Si en los medios, al menos en los mexicanos, hubiera más autocrítica tendríamos que haber visto ejercicios de reflexión que les levaran – a más de un columnista o editorialista - a ofrecer disculpas a sus lectores. No lo hemos visto. Ninguno de los periodistas acertó con el nombre, lo cual no es reprochable bajo la premisa de que son profesionales de la información, no psíquicos. El problema, por tanto, está en prestarse a esta dinámica que no aporta nada.

A reserva de que alguno nos sorprenda, todo indica que ningún medio dará acuse de haber aprendido una lección; al menos nosotros como consumidores de medios, no desperdiciemos la oportunidad.

1 comentario:

Edgar D. Heredia dijo...

La pérdida del pudor

De unos años a la fecha nuestro país se ha visto inmerso en una vorágine noticiosa la cual ni sociedad ni clase política ni mucho menos los mediso de comunicación han podido regularse o mejor aun serenarse en medio de esta tormenta de inmediatismos.

Hace unos días en tu programa de la agenda en los medios, al atender el asunto de la cobertura del accidente sucedido el pasado 4 de noviembre, un entrevistado tuyo se detenía a reflexionar sobre el papel de los medios y su arrebato de primicias; sin embargo, esto no es un asunto nuevo, recuerdo que en 1994 estudiaba en la FCPyS de la UNAM, años verdaderamente turbulentos, donde el asesinato del Cardenal Posadas, y después los asesinatos de Colosio y Ruiz Massieu azotaban el escenario nacional, unos meses más tarde muere Polo Uscanga y desde entonces el torbellino y los sobresaltos nacionales no han parado, esos 14 años registran una actividad hasta cierto atemporal, ya que si bien 14 años son pocos al mismo tiempo parecen perderse en las nebulosas de la historia, hablar de censura, de actividades de intimidación a los medios de comunicación son ya anécdotas que suenan lejanas cuando te paras frente a un salón de clases y esos años de ebullición que demandaban atención y análisis, hoy día se pierden como referentes de un proceso de lucha por la afirmación de la democracia.

Dicho modelo de organización política que fue la aspiración y la razón de ser de muchos medios de comunicación y de incontables periodistas que han forjado una brecha de lucha por la libertad de expresión, es la misma razón de su desbordamiento, la democracia imperfecta en la cual vivimos ha torcido las senderas de los medios de comunicación, éstos han dejado de ser canales de información y vinculación para eregirse como protagonistas de los sucesos nacionales, proceso evolutivo natural, pero que en nuestro país ha decantado en medios sin pudor, donde cualquier crítica es alimentada como una llamada de atención a las tentaciones autoritarias y viejas prácticas añoradas de control sobre los medios de información, los medios se han mutado en tribunas de satisfacción del ego, púlpitos de pontificación, desde los cuales se anhela predicar cual verdad revelada el sino nacional.

Hace unos años cuando Javier Corral proponá una ley de medios de la comunicación donde se presentaba un decálogo ético para los medios de la comunicación, no faltaron los agoreros que la nombraron como Ley mordaza, ya que suponía el acotamiento de las libertades públicas de estos medios, sin embargo muchas de las críticas de esta nueva pléyade de demócratas no se molestaron en leer ni mucho menos analizar el contenido de dicha iniciativa, la cual lo único que demandaba era un comportamiento ético de los periodistas y la responsabilidad de su ejercicio.

Nuestro sistema político reclama medios de comunicación responsables, pudorosos, donde la primicia informativa ceda el paso a la información clara y la apertura de todas las voces, pero quizá lo más importante necesitamos medios tolerantes, donde las insidias y mezquindades del medio cedan su lugar a la serenidad y responsabilidad ante los públicos.

El proceso electoral del 2006 fraccionó a la sociedad, pero este fraccionamiento puede ayudar a que emerjan sin hipocrecias y máscaras los rostros de los acores sociales, nuestra democracia debe nutrirse de todos y cada uno de ellos, el dialogo y el debate son elementos insustituibles para ello, lo cual reclama la participación de medios de comunicación que sirvan como vasos comunicantes y que a través de ellos nuestra sociedad pueda reconocerse.

La medios públicos, IMER, Canal 22, Canal 11, Radio UNAM, TV UNAM y demás organismos son centrales en este proceso, donde por lo menos los primeros tres van cumpliendo su tarea.