
Aquí en flash y en MU3.
Todos los días es lo mismo: policías asesinados, perredistas enfrentados por el control del partido y descalificaciones entre todos los políticos por la reforma energética. Tres temas que desde hace semanas ocupan las primeras planas y titulares de prácticamente todos los medios informativos en nuestro país.
Las razones para destacar estos temas son evidentes. La violencia, por más cotidiana que resulte, no puede ni debe volverse parte del paisaje. Si bien la noticia es lo inusual y los asesinatos ya no parecen serlo, el periodismo también es denuncia y por ello no puede dejar de hablar del caos por más común que resulte.
El debate por el control del PRD tampoco es un asunto menor. Se trata de uno de los tres partidos políticos más populares que existen en nuestro país. Una fuerza política con presencia clave en ambas Cámaras y la cuna de gobernantes tan importantes como el de la capital del país y entidades como Zacatecas, Michoacán, Baja California Sur y Chiapas. Es además una institución de interés público que recibe cada año cientos de millones de pesos de nuestros impuestos. Más de 400 sólo en este año no electoral. Por ello, lo que ocurra con este partido debe interesar a todos y no sólo a sus militantes o simpatizantes.
Finalmente, el debate en torno a la reforma energética es fundamental para el futuro del país. Más allá del resultado de los foros que ahora se están llevando a cabo, lo importante será qué ocurra con la propuesta presentada por el Presidente Felipe Calderón. Para algunos, es de vital importancia que su iniciativa no sea aprobada; para otros, sería muy costoso dejar pasar esta oportunidad. En cualquier caso en los que todos parecen estar de acuerdo es en que si no hacemos nada en menos de dos décadas se habrá agotado esta fuente de ingreso para el país y el panorama que enfrentarán nuestros hijos y nietos será muy oscuro.
Así que por importancia, no podemos protestar. El problema es que estos temas se han convertido prácticamente en los únicos que aparecen en la agenda. Y eso es muy grave. Lo es porque un indicador de la eficiencia de un sistema político es la capacidad que tiene para dar entrada y salida a las diversas necesidades que plantea la sociedad.
Esta visión, impulsada por el enfoque sistémico de David Easton, parte de que lo que hace el sistema es asignar soluciones a las demandas que recibe; Dominique Wolton, por su parte, considera que la función de la comunicación política es actuar como el pulmón de la democracia entendido como el espacio en el que los tres actores centrales: medios, opinión pública y clase política, plantean sus diferentes agendas. La función de pulmón, según este sociólogo francés, reside en que los temas entran y salen y ello permite que se oxigene la democracia.
Cualquiera de los dos enfoques que apliquemos a la realidad mexicana nos llevará a la conclusión de que algo anda mal cuando los debates se encuentran estancados, y el sistema político es incapaz de generar respuestas que cambien los problemas. Pasa el tiempo y ni la crisis del PRD ni la amenaza del narcotráfico parecen cambiar en un sentido positivo. En el caso de la reforma energética habría que ser quizá menos crítico pues ya hay un plazo establecido: 71 días de discusiones que darán pie a una definición sobre el tema una vez que sea resulto en el Congreso. No obstante, ya sabemos que hay voces interesadas en llevar esta indefinición al menos hasta las urnas del proceso electoral de 2009.
No se trata de señalar culpables sino de advertir sobre la parálisis que estamos viviendo. La dinámica no es responsabilidad exclusiva del gobierno federal, ni de los partidos políticos o los medios. En todo caso es responsabilidad de todos que hemos sido incapaces de abrirnos hacia nuevos horizontes.
Minimizar los asuntos actuales sería una irresponsabilidad, como también lo es ignorar por qué Dominque Wolton llama al proceso de renovación, el pulmón de la democracia. Y ya sabemos todos los que pasa cuando dejamos de respirar.
Ante estos hechos, el Congreso ha fijado su postura de forma unánime, todos los partidos han condenado el ataque. Incluso el principal líder de la oposición ha anunciado su apoyo a los cuerpos de seguridad, a la familia del policía muerto y ha recordado y refrendado algo que dijera en la tribuna en enero del año pasado: "...si las cosas se ponen feas, lo cual no es imposible, cuando se apaguen las luces de la fiesta y haya que apretar los dientes, yo estaré a su lado". Frase que formó parte de un discurso en el que le ofreció al gobierno que trabajarán juntos para construir una política de consenso en torno a este tema.
Como sospechará el lector a estas alturas, la historia que acaba de leer no tuvo lugar en México sino en España, y fue apenas el pasado miércoles 14 de mayo. El policía muerto era un integrante de la Guardia Civil, víctima del ataque de la organización terrorista ETA, que detonó una bomba en una casa cuartel.
Las similitudes del caso con la realidad de México, en algunas de sus aristas, son evidentes. Que un grupo que se encuentra fuera de la ley ataque a las fuerzas de seguridad, es un relato que nos es lamentablemente cercano. El discurso del Presidente José Luis Rodríguez Zapatero tampoco nos sería del todo ajeno. El llamado al Estado de Derecho y la condena a la violencia ha sido frecuente, aunque con otras palabras, en el discurso del Presidente Felipe Calderón. Hasta aquí las coincidencias.
Ante los ataques que hemos visto en las últimas semanas - tres de ellos en contra de altos mandos de la PFP y la Secretaría de Seguridad Pública Federal- la respuesta de la oposición ha sido muy distinta a que se manifestó en España. En México, Ruth Zavaleta, Presidenta de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, reaccionó diciendo que la estrategia de combate al narco del actual gobierno ha resultado "temeraria", dado el número de policías y militares asesinados; al tiempo que Carlos Navarrete, líder del PRD en el Senado, afirmó que el Presidente Calderón debería investigar pero las ligas entre su antecesor, Vicente Fox, y el narcotráfico,
No se trata de invocar apoyos incondicionales ni cheques en blanco al gobierno en turno. Sin embargo, es de llamar la atención cómo la clase política mexicana acostumbra a criticar a los funcionarios, antes que condenar a los asesinos. Conducta que se suele extender a los medios de comunicación, que de manera sistemática denuncian los desaciertos de la administración federal, al tiempo que consignan con detalle, los resultados de la violencia del narcotráfico.
Dirán algunos que la labor de los medios es vigilar al poder, y que la oposición actúa de tal forma, en congruencia con su propia denominación. Sin embargo, queda la sensación de que algo anda mal. Cuando en España ETA mata a un policía en cualquier punto del país, las manifestaciones de rechazo no se hacen esperar. Lo que también lleva el tema al campo de la sociedad civil que - en nuestro caso - parece indiferente a la muerte de los encargados de protegerla, como si se tratara de una realidad que le es ajena.
¿Se imaginan en México un gran acuerdo nacional sobre este tema? ¿Un cierre de filas de gobiernos federal, estatales, municipales, partidos, congresos? Se ve difícil. Casi imposible.
Lo cierto es que el narcotráfico demuestra cada vez más que su desafío es al Estado mexicano. No a un partido, gobierno o gobernante en particular. Que la guerra es por definir quién tiene el verdadero poder en México. Ellos o nosotros como Estado. Y en este momento de definición, ¿no valdría la pena recordar de qué lado está cada quién?
Nadie puede señalar al Partido Popular de ser complaciente con el gobierno del Partido Socialista Obrero Español. Tampoco nadie espera menos de sus gobernantes ante una situación así. Miremos y aprendamos.
Si le preguntaran por la principal imagen en contra de la globalización, ¿cuál recordaría? Para muchos, la respuesta es un avión, una de las dos aeronaves que el 11 de septiembre de 2001 se estrellaron en contra de las Torres Gemelas en Nueva York. Ese día, en opinión de muchos analistas se puso en jaque al modelo de interdependencia entre las naciones. Sin embargo, la economía de ese país y el mundo resistieron el ataque y si bien se incrementaron los controles de seguridad para personas y mercancías, en los hechos el lenguaje del aislamiento no se generalizó.
Ahora, siete años después, hay una nueva amenaza para la globalización. Su forma ni siquiera llega a un centímetro de longitud. Se trata de un grano de arroz, símbolo de la crisis en los precios de los alimentos que se ha convertido no sólo en la principal preocupación de los dirigentes de los organismos internacionales más importantes del mundo, sino que promete convertirse en la principal causa de transformación de la vida política tanto nacional como internacional.
No es el propósito de este artículo señalar las causas de esta crisis, sino sus potenciales efectos. No obstante resulta pertinente recordar algunas de las variables que en opinión de los especialistas están detrás de este incremento: el crecimiento per cápita de China e India – países que concentran a más de un tercio de la población mundial – y que se ha traducido en nuevos y mejores hábitos alimenticios, con su natural impacto en la demanda mundial de alimentos; la disminución de la oferta de productos en el mercado mundial debido a los problemas climáticos que han afectado a algunas regiones del mundo y que algunos atribuyen al calentamiento global; el incremento en los precios de fertilizantes y el transporte, como efecto de los altos precios del petróleo; el uso de productos del campo para la generación de los biocombustibles; y las especulaciones en los mercados en torno a los precios de algunos productos básicos.
Toca a los especialistas determinar el peso específico de cada factor, lo cierto es que como ha reconocido el Presidente del Banco Mundial, Robert B. Zoellick, desde 2005 los precios de los alimentos básicos han aumentado en 80 por ciento, y los causas no pueden ser simplemente minimizadas como si se tratara de un problema pasajero pues en sus propias palabras: el alto precio de los alimentos se mantendrá, al menos en el mediano plazo.
El diagnóstico ha sido compartido. Para Koichiro Matsuura, director general de la UNESCO, lo que viene es un “futuro sombrío para la humanidad”. Según Josette Sheeran, directora general del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, la escasez de alimentos es quizá “la principal urgencia humanitaria mundial.” Y para Ban Ki Moon, Secretario General de la ONU, esta situación se trata de un grave problema global porque podría afectar a más de 100 millones de personas en todo el mundo.
El tema está ahí y no se irá pronto. La pregunta es cómo reaccionaremos. Son más de 40 países en el mundo que han aplicado controles a sus exportaciones de alimentos. Destacan casos como los casos de Brasil, que suspendió sus exportaciones de alimentos, y de Argentina, que ha aumentado los impuestos a las exportaciones en función de los precios internacionales, lo que ha derivado ya en un enfrentamiento entre la presidenta Cristina Fernández y los agricultores de aquél país.
Dos casos más que muestran cómo la tendencia para algunos será ponerle barreras al mundo: para el Presidente boliviano, Evo Morales, la respuesta pasa por "identificar a los enemigos del pueblo que son (las) políticas económicas, el modelo neoliberal, el sistema capitalista.” Opiniones similares a las de su par ecuatoriano, Rafael Correa, quien ha declarado que “los grandes países capitalistas que criticaban los racionamientos en las economías centralmente planificadas (socialistas) hoy son los que tienen que racionar también sus alimentos" para enfrentar la crisis que se avecina en el mundo. Declaraciones hechas en el marco de una Cumbre Internacional de Seguridad Alimentaria que reunió a mandatarios de Centroamérica, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Cuba y Haití.
Términos como “soberanía alimentaria” y “defensa de los intereses nacionales”, son algunos de los más escuchados en estos días. Es comprensible. Los pueblos con hambre quieren a los responsables y el mercado y la globalización, pueden ser dos buenos chivos expiatorios. De ahí que las voces de alarman vayan acompañadas de exhortos de los defensores de estos modelos.
Para Dominique Strauss-Kahn, director-gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), es fundamental reconocer los logros económicos de la última década en América Latina. Por su parte, Pascal Lamy, Director General de la Organización Mundial de Comercio, apuesta por reducir las barreras al intercambio de bienes agrícolas, como los subsidios que los países ricos dan a sus productores. Para él, como muchos, la respuesta de mediano plazo está en más libre comercio y no en menos. Y esas dos posturas – la de la apertura y la del aislamiento - son las que se enfrentarán con más intensidad en el periodo por venir.
Del saldo de esta guerra dependerá algo más que el futuro de la economía mundial.
(Artículo publicado en la revista Etcétera de Abril)
El dulce olor del escándalo.
Es la estrella de nuestro tiempo, la nota que atrae al mayor número de lectores y la encarnación de todo aquello que hoy puede ser considerado como noticia. Se trata del Escándalo. La historia que contiene muchos de los elementos que los especialistas llaman las 8C: crisis, conflicto, caos, cambio, color, celebridad, catástrofes y crimen. En el peor de los casos, un buen escándalo contará con al menos tres de estos elementos, con suerte, hasta seis de estos atributos; de ser así el éxito está garantizado.
Lo han aprendido por la mala personas como Fabían Lavalle y neocelebridades como el bautizado por la prensa, Canibal de la Guerrero (o el internacional "monstruo de Amstetten", Josef Fritzl) . Personajes aparentemente distantes entre sí pero que son encapsulados con el mismo tratamiento informativo. La fórmula es igual así sea para retratar la cobertura de los tropiezos de Britney Spears, que la incómoda declaración de una asesora de campaña que aseguró que Barack Obama triunfaba sólo por ser negro.
En todos los casos se trata de una sucesión de transgresiones y castigos; las primeras, realizadas – al menos aparentemente- por los protagonistas de sus respectivas crisis; las segundas, por parte de la esfera mediática, la clase política y la opinión pública, que se encargan de sancionar a quien rompe con la moral, la moral en turno, claro está. La precisión viene a cuento porque depende de la norma violada, el tamaño de la sanción. Valoración que sólo es posible en la subjetividad del observador, más que en la objetividad del hecho.
Cuando a un político estadounidense se le conoce una aventura extramarital, sus bonos públicos se suelen derrumbar. Resultado de su historia, los electores estadounidenses pueden tolerar a un Presidente que lleve a su país a una guerra basada en mentiras pero son incapaces de soportar a un gobernador que es descubierto mientras recurre a un servicio de prostitución.
En México, un político puede ser grabado mientras amenaza, intimida o extorsiona y aun así puede lograr que su partido arrase en la siguiente elección estatal. La prepotencia -por no hablar ya de la infidelidad, irrelevante en el caso mexicano – puede pasar desapercibida; no así la capacidad de hacer el ridículo, rasgo que a los ojos del ciudadano puede ser mortal como descubriera hace poco un ex candidato presidencial.
Entender qué se valora y quién condena es el primer paso para sobrevivir a un escándalo. De ahí que algunos, una veces con cinismo otras con capacidad, hayan logrado superar sus crisis. Unos porque descubrieron que en algunos casos, quienes se sienten ofendidos son los mismos que pueden perdonar; por eso confiesan sus culpas, se muestran arrepentidos y hacen penitencia en busca de su salvación. Bill Clinton, por mencionar sólo un caso, es un buen ejemplo a seguir.
Otros menos pudorosos – como algunos gobernantes poblanos - saben que a veces el que importa no es el que acusa sino el que juzga; y que si el primero no encuentra quien le haga caso se termina por cansar. Para ellos, lo verdaderamente relevante es mantener el control de aquellos que les puedan hacer daño, y simplemente resistir hasta la aburrición de los impugnadores. Qué importa la opinión pública cuando se tiene a la clase política de su lado.
Finalmente, hay quienes fracasan porque leen mal la realidad. Se equivocó, por ejemplo, un Presidente de la República cuando quiso crear un escándalo acusando a un Jefe de Gobierno de no haber respetado la legalidad; burlón el otro, reconoció que en la moral del lugar eso valía muy poco; hábil como era, y sigue siendo, grito que el primero quería cancelar a los habitantes el derecho a elegir a sus gobernantes. Esa historia si pegó y el Presidente tuvo que echarse para atrás.
Las historias de acusaciones e indignación colectiva parece que llegaron para quedarse. Sirvan estas consideraciones para quien quiera sobrevivir cuando huelan a su alrededor el dulce olor del escándalo.