jueves, marzo 15, 2012
jueves, julio 07, 2011
#fuaaa o el riesgo de emborracharse en público
(Artículo publicado en www.frente.com.mx)
El Gran Hermano – con sus diferentes versiones – era una preocupación recurrente en diversos autores del Siglo XX. Inspirados, o mejor dicho, aterrorizados, por el poder de los sistemas totalitarios advertían sobre los riesgos de contar con Estados capaces de verlo todo. En sus distopias – utopías negativas - los escritores imaginaban pantallas vigilantes que supervisaban cada uno de nuestros actos y lo consignaban para ser juzgado por alguna autoridad. Por fortuna, en este momento del Siglo XXI son pocos los sistemas de gobierno que se acercan a esa pesadilla.
Sin embargo, algo de su temor se ha materializado en nuestros días. La diferencia, sin embargo, es que no se trata de un gran ojo vigilante guiado por un interés político, en su lugar lo que tenemos son miles, en realidad millones, de personas que están dispuestas a dejar constancia para que los demás lo vean, de lo que hacemos o dejamos de hacer. La idea del gran observador/juzgador se ha materializado en forma de teléfonos celulares y de redes sociales que a través de internet pueden compartir en pocos minutos los mismos materiales.
Lo vimos hace tiempo con el célebre protagonista de una detención en Sinaloa, que al verse en riesgo de ser trasladado en una patrulla sólo atinaba a decir: “tengo miedo”. El video tenía hasta unos días más de 13 millones 700 mil vistas. El doble de hits de la protagonista de “yo no choque, me chocaron”, que cuenta con la nada despreciable cantidad de 6 millones 362 mil vistas, todavía por encima del video del baile de la mamá de una cantante que entre sus diferentes versiones tiene más de 700 mil vistas de un asunto que se supone sería privado.
“Estrellas” de la pantalla youtubera a la que podría aspirar el “actor” de Fuaaaaa, otro hombre detenido que visiblemente borracho comparte su visión del universo ante las cámaras y que en pocos días se convirtió en trending topic en Twitter y que ya rebasaba las más de 98 mil vistas, con decenas de parodias y copias en internet.
Todos (o casi todos) los que usamos la red hemos visto y en más de una ocasión nos hemos reído con alguno de estos materiales. La razón por la que lo hacemos no requiere mayor explicación, el ridículo ajeno siempre nos ha entretenido y se podría señalar que no pasa nada cuando una persona se vuelve blanco de la burla de cientos de miles o de millones. Incluso hasta se podría destacar que en muchos de esos casos se les grabó en espacios públicos y que en ese sentido no se violaba su intimidad. Puede ser.
Pero también es cierto que lo que hoy nos parece especialmente simpático no lo sería tanto si alguno de nosotros – o alguien cercano - fuéramos los protagonistas de esas historias. ¿Quién no ha perdido el control en alguna fiesta? ¿quién con sus amigos o familiares no ha “perdido el estilo”'? ¿quién en algún momento de confianza no ha hecho cosas que no quisiera ver publicadas en youtube, twitter o facebook?
Parece una cosa menor pero no lo es tanto. Porque lo que está de fondo en esta discusión son dos variables fundamentales para entender lo que ha sido nuestra vida hasta ahora: por un lado, los límites entre la vida privada (en algunos casos incluso la vida íntima), la vida que está a los ojos de los que nos rodean y la que hacemos con la conciencia de que podemos ser observados por cualquiera.
Y si eso no fuera suficiente está en peligro de extinción la idea de que lo que se hace en la vida es efímero, tanto para bien como para mal, porque la realidad es que una vez que un material llega a internet es difícil que desaparezca, lo que ha provocado una serie de debates en varias partes del mundo sobre lo que ya se conoce como el derecho al olvido, la idea de que lo que uno hace en cierta etapa de su vida (o con cierto grado de alcohol en la sangre) no debe quedar registrado para siempre.
La reflexión parece absurda si se plantea como un asunto colectivo porque no hay indicios de que los celulares con cámara vayan a desaparecer o que la creciente cultura de grabarlo todo y compartirlo se revierta en el corto o mediano plazo, aunque no por ello deberíamos renunciar a preguntarnos si queremos vivir en un mundo así.
Por lo demás, lo que sí está al alcance de nuestras manos es tomar conciencia de la dimensión del fenómeno que hoy estamos viviendo y al menos tratar de controlar lo que sí está en nuestras manos.
miércoles, abril 13, 2011
De Vivóenvivo a warevertumorro
(Mi texto publicado en la revista www.frente.com.mx)
Hace un par de semanas en una clase de comunicación de la Ibero veíamos a José Gutiérrez Vivó en su regreso al mundo de las noticias ahora desde una transmisión vía web (www.vivoenvivo.info). La respuesta de los estudiantes fue más que elocuente: “¿quién es ese señor?” Pregunta a la que siguieron sus críticas sobre la oferta que estaban recibiendo: pobre escenografía, improvisada, y el ritmo del mensaje no podría ser más lento, ajeno a quien esté acostumbrado a seguir una transmisión de esas características en la red.
En contraste, por las mismas fichas descubrí - en parte gracias al blog mediatizando 2.0 de @alexweb - el fenómeno de los youtuberos mexicanos: WerevertuMorro, Yayo Gutiérrez y Ben Shorts, entre otros, jóvenes veinteañeros que reciben cientos de miles de visitas en sus videos (algunos con 490 mil vistas) y que juntos reúnen millones de impactos, fundamentalmente, de personas de su edad, que están encontrando en esta oferta un espacio de entretenimiento.
Más allá de la previsible crítica – casi de lugar común – al recurso de las constantes groserías o a la “frivolidad” de los temas que reflejan, la realidad es que sus monólogos al final son compartidos por los miles de visitantes que encuentran en el material un reflejo de asuntos que les interesan. Los videos no son ni pretenden ser tratados sobre el futuro del país ni semillas de cambio. No obstante están haciendo algo que los medios tradicionales parecen estar perdiendo: están conectando con las audiencias. Y lo hacen sin presupuesto, con muy pocos recursos, pero con tiempo invertido y un trabajo de prueba y error durante mucho tiempo – en algunos casos años – que les ha llevado a encontrar el click perfecto para establecer complicidad con quienes hoy los siguen.
Por más injusta que pudiera resultar la comparación con el caso de José Gutiérrez Vivó – pieza clave del periodismo y de la radio informativa en México durante varias décadas – en cierto sentido es muy reveladora de lo mucho que ha cambiado el país, y sobre todo, del nuevo perfil de las audiencias que hoy tratan de alcanzar los medios.
Gutiérrez Vivó construyó una plataforma extraordinaria porque entendió a la radio como un espacio de servicio: contacto con autoridades, apoyo para tareas, servicio vial, mesas de explicación de temas complejos, etc. Hoy se ve muy lejos de ese concepto. En contraste, lo que estaría confirmando el éxito de los youtuberos es que no es la plataforma – la web - sino el contenido y el empaque lo que permite esa comunicación.
Valdría la pena que los medios tradicionales -radio, televisión, cine, etc. - y que los comunicadores también tradicionales, tomaran nota del fenómeno. Al parecer – así lo apunta @alexweb en su entrada – Televisión Azteca ha visto ya lo que se está produciendo y ha empezado a promover estrategias de publicidad en la misma lógica, en buena medida reclutando personas del movimiento emergente. Habrá que ver si eso es posible, si el contenido puede pasar a los medios tradicionales sin perder su atractivo o si es el fenómeno de la “marginalidad” lo que los hace atractivos: personas que no son profesionales, con videos grabados en la casa de uno de ellos, etcétera.
Falta descubrir la vigencia no sólo del movimiento sino de sus protagonistas, y saber si sus audiencias crecerán con ellos conforme crezcan las nuevas “celebridades” o si cambiarán los intereses de unos u otros en una dinámica mas de picos de alta popularidad, seguidos por nuevos focos de atención. También falta saber si el mismo esquema puede ser utilizado para producir otro tipo de contenido, más orientado a la acción, ya sea con razones informativas, comerciales, sociales o políticas.
Son muchas las dudas que surgen pero sin duda hay un proceso de comunicación muy intenso que está caminando a un costado de los espacios y actores de siempre. No hay que perderlo de vista. Vale mucho la pena ponerle atención.